Para La Otra el tiempo se detuvo cuando le entregaron el cadáver del marido muerto. Se quedó un instante como perdiendo el aire, detenida, como tratando de encontrarle la mirada a aquellos párpados cerrados. Respiró profundo y se abalanzó sobre el cuerpo frío, le enterró los dedos en la espalda, lo sacudió para ver si reaccionaba, para ver si él encendía un cigarro, para ver si abría los ojos, para ver si la tomaba de la mano. De nada sirvieron los “¿reconoce este cuerpo?”, los “no llore señora”, los “tome agua señora”, estaba sumida en una profunda soledad, en el profundo vacío de los amores muertos. Dejó de sacudir el cuerpo y el tiempo se volvió a detener. Lloraba sobre el pecho del cadáver y era como si quisiera entrar en él, no dejarlo, no dejarlo solo y frío en el cuarto metálico del hospital.

A Ella los estudios de televisión siempre le parecieron cuadrados hostiles y metálicos. Luces y cables detrás de los biombos que simulaban salas, casas, cuartos, lugares ásperos, como lugares que no respiran. Ella se detuvo un momento detrás de una ventana falsa, su cabellera abundante disimulaba sus más de 70 años. Gente entraba y salía, Ella pasaba desapercibida. Al otro lado del set un hombre daba las noticias, anunciaba la llegada de Ella, pero nadie se percató de que estaba ahí. Se vio las manos y sabía que aún le servían para escribir, la escritura la había salvado tantas veces. Su celular sonó, un mensaje de WhatsApp: “¿estás segura de que los vas a hacer?” Se hizo una pausa y la llamaron para entrar, se sentó, le pusieron el micrófono, volvió a ver sus manos y tenía la certeza de que aún podía escribir. 

Como dejando media vida atrás La Otra salió del hospital, afuera la recibía la húmeda ciudad inhóspita con sus grisuras y sus fisuras, con sus calles llenas de gente, de negocios, de indigentes, de humo. Se volvió a secar las lágrimas y metió la mano en su bolso, sacó una bolsa plástica, la abrió y sacó su pasaporte. Sabía que no podía hacer mucho, su estatus de indocumentada no le permitía hacer mucho. Sintió el desasosiego, otra vez el frío en el pecho. “¿Cómo me lo llevo de regreso?”. La pausa terminó y en la TV aparecía Ella con el conductor del noticiero: Recientemente este país le ha ofrecido la nacionalidad, dijo el presentador. Ella respondió: yo me siento muy agradecida, pero sabe una cosa (subió las manos y sacó una tijera y su pasaporte) a mí la nacionalidad no me la da, ni me la quita nadie (cortó su pasaporte mientras las cámaras de la TV hacían un zoom extraordinariamente amarillista). Quizás mañana vuelva a entrar a mi país, viva o muerta, no lo sé. (Las cámaras de la TV se regodeaban en su figura que se dibujaba en un drama kitsch. Era, literalmente, una figura literaria).

La Otra volvió a meter su pasaporte dentro de la bolsa plástica para salvarlo de la húmeda ciudad inhóspita, no podía hacer mucho, pero algo inventaría, quizás si le preguntaba a la vecina que tenía años atravesando la frontera por otros caminos, quizás si le preguntaba al muchacho que recién había llegado al barrio, quizás si le preguntaba al señor que trabajaba con su marido en el condominio como guardia de seguridad. Quizás alguien podía ayudarla para llevarse a su marido de regreso. La lluvia le mojaba la cabeza mientras caminaba rápido a la parada de bus. El frío de la ciudad le estrujaba el cuerpo, el frío del cadáver se le hundía en los ojos. 

El set de televisión parecía quedarse frío, inmóvil. La entrevista terminó y Ella se levantó de la silla como sosteniendo el parnaso femenino erótico con su frente, se levantó mientras la gente tras bambalina la aplaudía. “¿Cómo habré salido?”- se preguntó. Caminó por pasillos estrechos, apenas alumbrados, cosa extraña en un canal de TV, llegó a la entrada, la muchacha de la recepción la esperaba con uno de sus libros: ¿me lo autografía? – Ella lo hizo. Afuera la esperaba un carro que la llevaría al aeropuerto. Afuera pasaba desapercibida. 

Aquella fue la noche más larga y fría de su vida. La Otra se quedó inmóvil en la cama, clavando los ojos en el techo oscuro, sentía el tronar del viento helado, de la inhóspita ciudad húmeda, parecía que todos los vientos del mundo golpeaban las láminas de zinc. Se arropó como una niña triste, se enrolló como queriendo meterse en ella misma, aún sentía el espacio caliente que había dejado su marido. Trémula, tanteó con el pie el otro lado de la cama y sintió el espacio vacío, caliente pero vacío. “¿Y si me lo llevo en pedacitos?” – pensó. Ella tenía los pedacitos del pasaporte en el bolsillo del abrigo. Siguió la fila de migración y el agente la interpeló: ¿su pasaporte señora? – Ella respondió: ¿cuál quiere? – Desde su hermosa cartera negra sacó dos pasaportes de otros territorios, no del suyo, de otras geografías, no de la suya, de otro útero/raíz, no del suyo. Era de día y desde la ventana del avión se podía ver la ciudad ir y venir con su gente a lo lejos. 

Era de día y La Otra ya estaba en el hospital recibiendo el cadáver. En silencio hizo los trámites, firmó más papeles, miró gente extraña habitante de una ciudad inhóspita. Sacó a su muerto de aquel cuarto frío y se lo llevó a la casa. “Aunque sea en pedacitos me lo llevo de regreso”, llegó a la casa y miró todo: la TV que el marido quería para las nietas, la cocina, el comedor sin gente, los muebles viejos meados por el perro, la lavadora que sonaba todos los domingos, el chinero, los platos, los vasos, la refrigeradora, los parlantes que ya no tenían la música que le gustaba a él. Ella pensaba en sus libros, en todos los que había podido sacar de aquella casa que se quedó lejos, se tanteaba las joyas del pecho, Ella pensaba en sus libros y los iba recorriendo uno a uno mientras las bocinas del avión decían que pronto iban a aterrizar, se tanteaba los anillos y se mordía los labios. Ella miró por la ventana y alcanzó a ver los volcanes, un lago enorme, alcanzó a ver a los muertos que nunca mueren, alcanzó a ver aquello que había perdido. Se tanteaba las joyas.

La Otra había metido los pedacitos del marido en todo lo que había planeado llevarse. La cocina pesaba más, la refrigeradora pesaba más, la cama pesaba más, la TV para las nietas pesaba más pero aún con todo y el peso metió todo en una camioneta de acarreo y decidió emprender el camino de regreso, regresaría con su muerto para enterrarlo allá. Cada tanto metía la mano en su bolso viejo. La Otra cada tanto metía la mano en el bolsillo de su chaqueta. El camino de regreso la dejaba muda, era como un eterno retorno que no quería hacer. Ella sentía como el avión aterrizaba, ahora el recibimiento de la prensa, las invitaciones para vinos, para brindis, para cocteles, para publicar aquel poemario, aquel verso kitsch, pop, fluor. A La Otra, en la frontera terrestre, la recibía una madre anciana y otra camioneta de acarreo para pasar las cosas y llegar a la ciudad rota. A Ella la llevaron al hotel, planeaba su outfit con gafas oscuras, con la melena desaliñada cayéndole en la cara, sus joyas, sus joyas, ¿qué joyas se pondría mañana? La Otra, después de un largo viaje por tierra, llegó a la casa de la que se había marchado casi veinte años atrás. No la reconocía, no sabía cómo acomodar los muebles, no sabía qué hacer con aquel hogar. Ella se metió a la bañera y sacó los pedacitos de su pasaporte. La Otra metió la mano en su cartera vieja y sacó el pasaporte envuelto en la bolsa plástica. Ella encendía la bañera. La Otra sacaba otra bolsa plástica con el corazón del marido. Ella metía su cuerpo, sus poemas, su pasaporte, sus muertos que nunca mueren en la bañera aclimatada, se tanteaba las joyas. La Otra, con todas las rabias del mundo, metía los dedos en la tierra negra y cavaba un hoyo profundo, profundísimo, la madre anciana lloraba en la sala. Estaba toda negra, toda sucia, toda llanto, toda soledad. Enterraba el pasaporte, el corazón del marido muerto y se enrollaba en la tierra, se acurrucaba en la tierra negra, mientras escuchaba el calor de la ciudad quebrando el techo de zinc.

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