Te colocas detrás del pilote hundido en la parte del río donde el agua se revuelve y nadie quiere quedarse. Ahí te plantas. Quieto. El cuerpo inclinado. La boca apenas abierta. Respiras lodo. Desde la orilla te miran. No entienden por qué eliges el sitio más hostil. Creen que te has rendido y que el remolino te domina, pero dejas que piensen. El agua te golpea por un costado, luego por el otro. Se repite la acción y tu cintura responde, tu espalda responde, tus piernas responden y tu cuerpo cede. Una coreografía que no te pertenece del todo. Una obediencia vieja. Te mueves y no te mueves. Les causas confusión, como las truchas muertas que una vez viste en un documental, cuyos cuerpos sin vida, a causa de los remolinos del agua, creaban una ilusión óptica y parecían nadar.
Según tu madre, había algo defectuoso en tu manera de sostenerte. Un hombre debía pararse o caminar recto, no con ese vaivén. Ese balanceo. Esa manera tuya de parecer suspendido. Por eso tu padre te miraba desde la puerta y escupía. Luego cerraba, mientras tú aprendías a resistir desde la oscilación. Tú no empujas el agua, no luchas, no atraviesas nada. Permites que la fuerza te encuentre y te desplace apenas. Luego regresas. Luego vuelves a ceder. Te conviertes en una insistencia lateral. Probablemente el resto de los cuerpos remontan la corriente con furia y se rompen contra las piedras, pero tú no. Tú permaneces, te inclinas y vibras.
Quizá esa entrega pacífica de tu cuerpo es lo que hace que el otro muchacho entre al río y se coloque detrás de ti. Él no habla, apenas te roza el hombro con la rodilla. El agua hace el resto. Ambos tiemblan en la misma frecuencia. Sus espinas se entienden. Sus costillas se corrigen entre sí. El río pasa entre los dos y los afina. El contacto dura lo que dura una tormenta. Recuerdas entonces que en el documental había dos truchas muertas que simulaban un baile a causa de los remolinos del agua. El mismo baile tuyo con ese muchacho. Tú y ese muchacho son dos truchas perfectamente vivas, mintiéndole al río y dejándose llevar por los remolinos. Cuando él se va, te deja una herida en la cadera. Un semicírculo rojo. Una mordida del agua o del deseo. Nunca lo sabrás, pero de lo que sí estás seguro es que en el documental, una de las truchas fue arrastrada por la corriente y dejó a su compañera bailando sola, sin conciencia, sin haber percibido que, en algún momento, tuvo a otra trucha muerta a su lado. Esas cosas pasan en flashazos de tiempo, momentos fugaces, encuentros fortuitos.
Años después, te encuentran flotando boca arriba. Los ojos abiertos. El torso desnudo. Las piernas aún moviéndose. Te arrastran a la orilla y te observan con miedo. Esperan rigidez. Esperan peso muerto. Esperan silencio, pero tú sigues. La corriente te toma por la cintura, luego por los hombros. Tu cuerpo responde. Gira. Vibra. Se arquea. Incluso ahí. Incluso vacío. Incluso sin ti.
Un anciano se persigna. Una mujer grita que eso no es natural. Un niño se acerca y sonríe porque entiende. Ve en tu cadáver la misma gracia que en tu vida. Ese temblor inútil para unos. Esa desviación persistente. Esa negativa a endurecerte. Te sueltan. Vuelves al agua y el río, que siempre prefirió los cuerpos indóciles, te acomoda detrás del pilote hundido. Ahí, donde la fuerza se fragmenta. Ahí donde nadie quiere quedarse. Y bailando.