¿Qué es, en fin, la no ideología? ¿Será otro amague vanguardista? ¿militante? Ceci n’est pas une pipe. ¿Cómo empezar a nombrar la desidia ideológica sin caerse otra vez del renglón desideologizado? Es el hartazgo y la sed. El agotamiento de las consignas, una aversión a los matutinos (y a los vespertinos) con la que empatizo y comulgo. But there are more things, Horatio. La apolítica anti-ideológica, o la no ideología, ¿tendrá cola de caballo y un cuerno en la frente? Tanta pureza e inocencia parece esconder algo mágico detrás, algo verdaderamente poderoso, pero inalcanzable para los mortales. La poesía, quizás la poesía en su profano púlpito sea como una pelea a ruche-y-pele con la ideología. Lo es en Vallejo como lo es en Martí, si es que alguna vez los he leído. Sospecho que así también lo intuyó Juana Borrero cuando, asombrada ante el cisnerío modernista, vio oscuros murciélagos resurgir de «sus mil ignorados escondites». Su arma es la contradicción (la contranarrativa, el contradiscurso, la contrahistoria, el contra-archivo), la posibilidad de contradecirse y de encontrar un arma-refugio en las paradojas y las ironías y las irreverencias hacia los propios barrotes ideológicos, esos barrotes que observa la pantera de Rilke, esos barrotes que se han cansado de mirar la pantera y el poeta en su incesante desfile. Sin embargo, «quienes dicen que el arte no debe propagar doctrinas, suelen referirse a doctrinas contrarias a las suyas». Y con embargos, hay quien se autonombra desideólogo del mundo, pragmático absoluto o escéptico sin par–para luego enarbolar sus pabellones posmodernos, encima de tumbas y fosos.

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