En la trastienda de recuerdos, a los espíritus de Agustina Consagración y Juan Elcano no les quedaba más por hacer. Sentados sobre el filo de la desesperanza, vieron venir la turba del vaticinio. No tenían ánimo, siquiera, para decirle adiós al monumento de sus desventuras. Estaban muertos y, en espera de un ataúd digno, únicamente alcanzaron a ver cómo les rindió culto la infamia.
Con determinación, el espíritu de Juan Elcano rezaba frente a la imagen de Santa Rita de Casia, patrona de casos imposibles. A los jugos del alma se le añadían esputos, elementos que la muerte coló en sus arterias.
Un domingo, el golpe del escupitajo fue tan atroz que sacó a su mujer de un trance.
—Tómese la infusión, Juan Elcano.
—¡Ay, mujer!
—Tómesela como siempre, para que alivie la apretadera de estar muerto.
Agustina Consagración y Consagración sacó de su boca las dos prótesis postizas.
—Juan Elcano, toma la lima y rebájalas.
El viejo, que aún no terminaba su destaque con la Virgen, puso un pedazo de carbón en el sagrario como sustituto de las velas, volteó a mirar con el rabillo del ojo, se persignó, sostuvo otra vez su mirada sobre el altar y acabó sus oraciones.
—¡Tú también sabes lo que es el martirio del corazón, tan sumamente atribulado! Habla, ruega, intercede por mí, ¡que no me atrevo a hacerlo! Padre nuestro, avemaría y gloria.
Se levantó con ayuda de un bastón.
—¿Donde siempre?
—Sí, Juan Elcano.
—Por más que rebajo, nunca te ajustan.
—¡Qué le vamos a hacer! El hábito de que por el lado izquierdo comía mejor. Me engañaron como a una adolescente los albañiles dentales. «Es difícil. Se pasan etapas duras, pero luego te adaptas», dijeron y les creí.
—De una vez prueba a masticar por el lado derecho.
—El miedo, Juan Elcano. Siempre fue el miedo —dijo mientras caían los últimos hilos de su cenizo cabello.
—Pero bien que lucías los primeros meses, ¿recuerdas?
—Solo los primeros meses, Juan Elcano; después, el eterno disgusto.
—Y pensar…
—No comiences, Juan Elcano, deja los recuerdos, que bastante mortifican.
—Pero entonces uno podía…
—Deja eso, señor; mejor sigue apostando por tu Virgen para que esto de ser espíritus duela menos.
—¿Recuerdas? Gracias a las revelaciones del párroco sobre el libro El Edén rojo…
Agustina interrumpe abruptamente:
—Hasta que nos quedamos sin cura, ni edenes, y solo con el color gris sobre nuestra paciencia. Temprano les funcionó a los mal llamados Progentiles lo del primer cadáver; y si cura, mejor, ¿eh? No, Juan Elcano, no más recuerdos.
—¿Crees que la Santa…?
—No comiences, Juan Elcano, sabes que desde hace mucho dejé esa creencia.
—¿Y la fe? —preguntó el espíritu del viejo sin esperar una respuesta complaciente.
—Podrida, quizá hasta más que los oídos de la Virgen.
—¿Crees que nos oiga?
—Ah, no compliques las cosas. Deja tu pensamiento donde está.
Tomó una lima, lijó ambas prótesis por el reborde del lado izquierdo, las enjuagó y se las alcanzó.
—Nunca parí, pero la sensación después de un parto debe ser igual.
—¿Y entonces?
—¿Qué, Juan Elcano?
—¿Alguna vez rezarás conmigo frente a la Virgen?
—No me hagas reír que los huesos se me despabilan.
—¿Tal vez los dos juntos…?
—En la tumba, Juan Elcano. En una tumba humilde. ¿Acaso no es lo que pides a la Virgen?
—Pido otras cosas, pero como no quieres oír, me las dejo en la mente.
—¡Que aprovechen a tu mente!
—Quién sabe. Si no hubieras decidido tomar venganza, ignorarlos…
—Fue lo mejor, no se hable más. No quiero a mi memoria revolviendo chiqueros.
—¡Ave María!
—Lo dije, Juan Elcano —expresó Agustina observando la mole polvorienta a metros de allí.
—Nada más hicieron la razón del libro —resolvió el viejo.
—No me gustaba la forma despótica en que hacían cumplir la razón del libro.
—¿Crees que, después de tanto, vengan otros con la misma perversión?
—Si vienen, sabrán, señor mío.
—Pero ¿cómo así, mujer?
—Por la tela de araña en el techo de esta parte del mundo.
—¿Y si huimos?
—¿Adónde, Juan Elcano? Ya es tarde. En vida, a tus pies nunca bajaron sueños.
Agustina Consagración observó al viejo tomar el cabo de tabaco que falseaba su vicio. Se sentaron en el mismo lugar de siempre. Solo miraban la fábrica a doscientos metros de allí, mole mugrienta sostenida con pilares de troncos podridos.
—Hoy va a hacer un domingo diferente —dijo el viejo.
—Da igual —contestó sin afectaciones su mujer.
—Vendrán hoy.
—¿Qué?
—Seguro.
—Pues que lleguen, Juan Elcano. Al fin tendremos una tumba digna. Aproveche y rebaje. Sabrá Dios.
—De una vez, prueba a morder por el derecho.
—Me jodió la costumbre de masticar por la izquierda, el mismo falsete: «Es cuestión de futuro», apostaban, pero el tal futuro nunca trajo comodidad a ninguna de las dos encías.
—Algún día nos liberarán del pecado —auguró el viejo.
—Deja los recuerdos, que bastante mortifican.
Comenzó a faenar una copiosa lluvia. Recordaron la nobleza de los Progentiles en un principio y luego la ignominia. También la peste maldita del libro El Edén rojo, de donde iban a salir ideas macabras si se lograba construir el potente edificio, mole que quedó a medias y ahora se encargaban de deshacer el viento y la lluvia.
—Juan Elcano, nunca me llevaste a despedirme de mis difuntos padres.
—Me confundieron los Progentiles, mujer.
—Te advertí, Juan Elcano: Llévame antes de que comiencen sus martirios.
—Es que…
—Siempre dudaste, con tus andaveydiles te estabas convirtiendo a sus antojos.
—Juzgué mal, señora.
—Fuiste un hombre soso.
—No tan así, mujer. Se vieron avances.
—¿Qué avances, Juan Elcano?
—Bah, tropiezos que tienen los sueños cuando sueñan.
—Los sueños no pueden soñar, hombre; si pones un sueño a soñar, se desangra.
—Para eso ruego a Santa Rita.
—¿Para qué?
—Para que milagree sueños sin pesimismo.
—A la Santa Rita se le agrietaron los ojos de tanto verte.
—¿Eso crees, Agustina Consagración?
—Creer nunca sobra.
Se acercó la turba del vaticinio. A Agustina Consagración y Juan Elcano se les apagó el mal de histeria. Sin sacudirse el polvo, la nueva hornada dio visto bueno al mismo ideal de sus ancestros: «En par de años estas planicies serán ecos de El Edén rojo». Detrás del idioma principal, se refugiaban par de dialectos. Nada novedoso aportarían ni a esta ni a ninguna historia, pues Agustina Consagración no tenía vida para trasegar con la Amanita phalloides, especie de seta más conocida con el nombre tortuoso de cicuta verde, el hongo más letal para la especie humana. Llevaba sobre espaldas aquel magnicidio. En su mente se batían los baldes con la poción. Lo prefirió para que nadie pudiera trabajar en la fábrica y ningún futuro partidario expandiera el ideal del Edén en otras latitudes. La ingesta colectiva no se alejó nunca de sus ojos: niños, mayores, viejos, todos bajo el mismo efecto de cólicos, diarreas y vómitos. Hasta que tres días después las toxinas pudrieran hígado y páncreas.
Los esqueletos de Agustina Consagración y Juan Elcano, sobre los despojos de lo que pudo ser un catre, no causaron aflicción en los recién llegados. Una valija churrienta y media plegaria bastaron para echar el monto de huesos y después arrojarlos a la intemperie.
—Te lo dije, Juan Elcano —bostezó el espíritu de Agustina Consagración, sacándose las prótesis y sentenciando con la serenidad con que obraba en vida—: De esta peste no se sale ni después de muertos.
—¿Y la fe?
—Podrida, Juan Elcano.
—Coño, vieja, tú y tus maldiciones.
—Se acabó, Juan Elcano.
—¿Me perdonas?
—Usted siempre fue un soso, así mismito se lo trajo la desdicha. Ay, Juan Elcano, ni siquiera en una tumba humilde. Hazme un favor —repitió el espíritu observando con desdén las prótesis—, rebájalas por última vez.