Humor negro, biopolítica y tentáculos: Yoss en clave pusmoderna

Super Extra Grande

Si “¡solavaya!” es espantar la mala suerte con una sonrisa torcida, leer a José Miguel Sánchez Gómez (Yoss, La Habana, 1969) desde la pusmodernidad —esa cultura que no oculta la herida sino que la exhibe, la metaboliza y la convierte en ingenio— es algo parecido: apartar el mal agüero con narrativa delirante, humor feroz y ciencia ficción que no predice el futuro, sino que destripa el presente.

En Super Extra Grande y en relatos como “Mousse de biochocolate espacial a la solitaria”, Yoss no se limita a imaginar bestias cósmicas o cocinas imposibles: examina el modo en que el poder se filtra por los poros del cuerpo, del apetito y del deseo. Pusmoderno no es “pos” nada: es escribir con la supuración a la vista; una ética del remiendo y una estética de la obstinación creativa. Por eso su obra funciona como un laboratorio de resistencia y desborde.

¿Qué es la pusmodernidad?

La pusmodernidad yossiana nombra una condición en la que las narrativas y los cuerpos laten desde sus zonas infectadas: el trauma, la escasez, la chapucería creativa y el humor que cura mientras duele. No es un eslogan ni un chiste: es una gramática de supervivencia donde la precariedad no se niega, se procesa. En vez de la pulcritud del “después de lo moderno”, la pusmodernidad trabaja con restos, cicatrices e improvisaciones técnicas y afectivas. Es la lógica del resolver elevada a estética; una crítica desde lo viscoso que sospecha de toda pureza y que lee la tecnología como tecnopoética situada: artefactos, saberes y hábitos ensamblados con lo que hay. En ese terreno, Yoss despliega ficciones donde el humor y la exageración son armas conceptuales: hacen visible lo que los discursos solemnes esconden.

Caso 1 — Super Extra Grande: gigantismo, risa y soberanía del ingenio

En Super Extra Grande el planeta (y el mercado interplanetario) se agranda hasta lo absurdo: especies colosales, burocracias más colosales todavía, misiones mitad veterinaria de megafauna y mitad diplomacia de baratillo. El resultado es una novela de aventuras donde el cuerpo —humano y no humano— se convierte en escala política: si hay que navegar intestinos o atravesar cavidades imposibles para resolver un conflicto, se hace. No es simple desmesura pulp; es una teoría del desborde: los límites son permeables, porosos, reconfigurables. La técnica aparece como bricolaje cosmopolita: saberes prácticos, “inventos” de ocasión, protocolos que se reescriben en caliente. El protagonista encarna esa soberanía del ingenio que expropia solemnidades: el gesto de “hacer que funcione” se impone a la retórica de la grandeza.

En clave pusmoderna, el humor desactiva fetichismos del poder: ante la criatura hiperbólica o la burocracia planetaria, Yoss responde con una carcajada técnica. La risa “pincha” las estructuras; es un escalpelo que opera en escenas donde lo sublime y lo grotesco se tocan. Lo que solemos llamar “avance” aparece como negociación con lo real: cuerpos que cooperan sin garantía, tecnologías que se adaptan o mueren. Así, la novela enseña una política práctica del “con lo que hay”: la tecnociencia no cae del cielo, se arma con piezas sueltas y se prueba en el campo.

Caso 2 — “Mousse de biochocolate…”: biopolítica de la boca y cocina grotesca

Si Super Extra Grande explora la escala, “Mousse de biochocolate espacial a la solitaria” inspecciona la boca: ese umbral donde se cruzan hambre, placer, repulsión y control. La cocina aparece como teatro biopolítico: fórmulas nutritivas, protocolos de higiene, simulaciones de abundancia que enmascaran dietas de escasez. La palabra “biochocolate” ya es un diagnóstico: hay deseo colonizado, globalizado, brandizado; pero también hay parodia y sabotaje. El plato estrella convive con la sombra parasitaria (la “solitaria” del título): cuerpo y alimento comparten un circuito donde el poder regula lo que entra, lo que sale, lo que se atesora y lo que se excreta. El relato no sermonea: cocina. Y en esa cocina, la receta es crítica.

Leído desde la pusmodernidad, este cuento muestra cómo la cultura metaboliza imposiciones externas y carencias internas sin renunciar al sabor. El dulce, asociado históricamente al lujo colonial (cacao, azúcar), se vuelve dispositivo para discutir dependencias y residuos: ¿qué devoramos cuando creemos devorar chocolate? ¿Qué nos devora por dentro? La respuesta de Yoss es una ironía que pica: el bocado siempre trae su “epílogo” biológico, una digestión que delata la política del menú.

La Cuba de Yoss — tecnodiversidad, almendrón y máquina de deseo

La pusmodernidad cubana no es una abstracción: es la textura diaria de inventar conexiones, parchar piezas y hackear herramientas. La tecnodiversidad —mezclar dispositivos, épocas, saberes— se ve en la calle tanto como en la ficción. El almendrón es más que un carro viejo: es una máquina de deseo que articula cuerpos, rutas, talleres, improvisaciones; un ecosistema de soluciones compartidas que mantiene el flujo social. Yoss captura esa lógica en clave espacial y culinaria, como si dijera: la Cuba que repara y repara, viaja y cocina planetas enteros.

Esa máquina no funciona sola: la alimenta la risa —no ingenua, sino quirúrgica—, la memoria de la carencia y el orgullo del “si no existe, lo invento”. En el aula, en la bodega, en el taller, se aprende una ciencia de proximidad: cómo sostener lo común cuando todo cruje. La ficción de Yoss vuelve visible ese aprendizaje y lo empuja al límite: ¿qué pasa si esa técnica cotidiana opera en escalas gigantescas o en biocircuitos íntimos? ¿Qué ética emerge cuando el ingenio deja de ser metáfora y se convierte en método?

Hay también una política del apetito: no solo el hambre literal, sino el deseo de relato, de comunidad, de futuro. En tiempos de saturación informativa y precariedades acumuladas, la pusmodernidad propone un vocabulario sin pudor: supurar, mezclar, reusar, desbordar. Al nombrarlo, Yoss lo coreografía: pone cuerpos en escena para que el lector entienda con el estómago lo que a veces la teoría se olvida de masticar.

Cierre — “Solavaya” como gesto crítico

Decir “solavaya” es un conjuro humilde. La obra de Yoss practica ese conjuro desde la ciencia ficción: exorciza la solemnidad con risa, convierte la escasez en composición y abre un teatro técnico‑afectivo donde la imaginación interviene la realidad. La pusmodernidad no pide permiso: drena, sutura, rearma. Por eso, leer a Yoss hoy no es refugiarse en escapismos siderales, sino pensar —con la boca, con el cuerpo, con la risa— las gramáticas que sostienen la vida cuando lo perfecto no llega. En un presente que a ratos huele a metal recalentado y a cacao barato, su literatura enseña a calibrar herramientas, a aceptar que el remiendo también es diseño y a sostener la ternura del ingenio. Si hay que entrar en el monstruo, se entra; si hay que cocinar con sustitutos, se cocina. Y después, con una sonrisa torcida, Yoss no dice: solavaya.

*Estas ideas se amplían en el libro Biochocolítica del caos (Editorial Verbum).

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